Polifacéticos de la mano

By GONZALO VILLEGAS     FEB. 17, 2017

El ubicuo Kazushi Ono y Emilio Aragón son los que ostentan tal título. Sobre el primero: director en Barcelona, Lyon y Tokyo –un reto de magnitud considerable!, comparable con Gergiev cuando llevaba Concertgebow y la Mariisnki (no sé si me atrevo a ponerlos a ambos a contraluz). Sobre el segundo: se le considera según las notas de programa presentador televisivo, director de cine y compositor… mucho para una sola persona si nos viene a la memoria el finlandés Esa-Pekka Salonen, que se hizo un paso atrás de la dirección para poder componer. Lo irregular de la situación es la descompensación siguiente: lo mucho que quisieron hacer visible un colectivo de personas potenciales con capacidades, pero diagnosticadas como disfuncionales, corresponde de manera inversamente proporcional a lo poco que se anunció que el concierto en que “Kazushi Ono dirige Mozart y Brahms” llevaba consigo también una obra del mencionado compositor español. Dicha musicalización se sostiene sobre los pilares de una narración de Saramago de hace una década y media, “La flor más grande del mundo”. Su mensaje moral ha dado lugar a muchas y posiblemente fructíferas reflexiones.

El auditorio estaba repleto: honrosa respuesta ante un acto de concienciación social, simultáneo a la celebración del día internacional del síndrome de Asperger. Mosaico de Sonidos, del seno de la Fundación AEOS, es una iniciativa que no sólo debería dar ejemplo a otras para seguirla, sino que debería ser auspiciada ampliamente y no sólo por una entidad bancaria. Son bastantes los nombres que constan en colaboración con el proyecto, y es de loar: el director a cargo del colectivo de AEOS que merecía ser una voz más en la orquesta fue a cargo, nada más ni nada menos, que del trombón de la OBC, que con enérgico entusiasmo se entregó a la causa.

Acudieron también algunos, bastantes, estudiantes de flauta y arpa del ámbito de los conservatorios superiores de Barcelona. Lamentablemente, compartían desasosiego por la obra tan singular de Mozart, los tempi y el cojín que la orquesta debía proporcionar a los solistas quedaron cortos ambos, de tal manera que la primera parte del concierto quedó en un “quiero y no puedo”. Por fortuna de los asistentes, Farroni y Barrera (flauta y arpa respectivamente) ofrecieron un bis en el que descarnaron todo poderío con un Jacques Ibert que complementaba, también compensaba, fabulosamente la primera parte. Aquel fue el momento genuino del concierto.

Por segundo plato, fue servido un Brahms entrado en confianza: una segunda sinfonía compuesta en pocos meses después del éxtasis que supuso para el romántico de Hamburg el logro de su primera sinfonía tras dos décadas de batalla. Pareciera que también fue el caso del director de la Nacional de Catalunya: su caballo de batalla. Cual figura de la dorada época de grandes directores del s.XX, dejose llevar por el arrebato que le permitía llevar esa partitura en las mientes cual confesión íntima, logrando un clímax retumbante en el último de los movimientos, el cual arrancó de cuantos ahí hubo presentes un sonoro estrépito de jovialidad. Por desgracia para el que suscribe estas líneas, las notas de programa prometían unos malabares emocionales con la obra del germánico que no hallaron correspondencia en el resultado sonoro propiciado de la batuta de Kazushi.

La OBC ofrece este programa el 17, 18 y 19 de Febrero en el Auditori, Tel. 932-479-300, auditori.cat

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