Épica y delicadeza de la mano de Antonio Méndez

By CARLOS GARCIA RECHE     NOV. 13, 2017

El público se acomodaba en su butaca el pasado lunes a las 20:30 y, sobre el escenario, aparecían de negro, el joven director de proyección internacional Antonio Méndez, natural de Mallorca; y de claro, la consagrada violinista alemana Viviane Hagner, de ascendencia germano-asiática. Esperaba sentada la Staatskapelle Weimar, con más de 525 años de historia a sus espaldas. Un árbol milenario, cuya sabia el director balear ha sabido extraer hasta la última gota, sobretodo en la sinfonía de Rajmáninov, el reto de la tarde. Empezaba así la primera actuación orquestal de Ibercamara, para interpretar dos obras, el concierto para violín en Re Mayor Op. 61 de Beethoven (1806) y la segunda sinfonía de Rajmáninov (1907). Cien años de diferencia entre dos obras y un mismo escenario para ser escuchadas.

A mencionar: la colocación de las cuerdas, violines primeros, cellos, violas y violines segundos, de izquierda a derecha (en lugar del habitual “agudo a grave”), y la vitalidad corporal de Hagner durante la ejecución de la madre de todos los conciertos. Así pues, la violinista alemana rompía en escena con los pasajes atresillados del Allegro ma non troppo en re mayor, tras ese inicio de serenata mozartiana característico de la Viena de finales del siglo XVIII. El público no tardó en gozar con el virtuosismo de toda suerte de escalas y arpegios. De hecho, el solo final de la cadenza no resulta especialmente llamativo comparado con la destreza exigida antes. Difícil es para el espectador contener los aplausos antes del Larghetto en sol mayor y sus variaciones que aportan calma y serenidad. La transición entre el segundo y el tercer movimiento fue brevísima bajo la batuta de Méndez, quién dirigió con brío el Rondó final, otra ocasión para las habilidades de la alemana. Antes de la pausa, Viviane sació al auditorio con la Sarabanda de la Partita en si menor de Bach, BWV 1002 de Bach que avivó los aplausos de un público muy entregado a una ejecución soberbia.

La tregua se hizo breve, pues la orquesta teutona tenía una deuda con la audiencia en forma de sinfonía. Fue precisamente con esta obra con la que Rajmáninov recobró su confianza como compositor, mermada por la mala crítica del estreno de su Sinfonía nº 1 en re menor. Se incorporaban instrumentos y comenzaba el reinado Rajmáninov, caracterizado por la alternancia de lo tenebroso y lo apasionado, especialmente en Largo – Allegro moderato. Se abrió paso al intrépido Allegro molto, colorido segundo movimiento que se adelanta a la ternura y melosidad del Adagio en la mayor. La extrema dulzura con la que Méndez trató el tercer movimiento desarmó al público, que se precipitaba con aplausos antes de dar paso al cuarto. El enérgico Allegro vivace, de carácter más ruso, hacía bailar literalmente a Méndez en su conducción y extasiaba a los oyentes, que ovacionaron durante largos minutos a los músicos. Tal fue la aclamación que los germanos deleitaron al público barcelonés con el preludio del tercer acto de Lohengrin, en un inmejorable final, ahora sí, puramente alemán.

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