Debes cambiar tu vida

By JOSUÈ BLANCO     NOV. 25, 2018                

Hace unos meses el maestro Daniel Barenboim junto con la Staatskapelle realizaron una serie de conciertos en lo que se llamó el Festival Barenboim en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires. La noticia nos llegó a muchos de nosotros debido a los malos modales del público, hecho que provocó un comprensible malestar al maestro y un repaso rápido de cuales son las normas básicas de conducta en una sala de conciertos.

Este incidente no es algo singular, ni tampoco es la primera vez que el maestro tiene que lidiar con un público difícil, seguramente alguno recordará el peculiar concierto homenaje a Debussy que realizó en el Palau de la Música a principios de año; Tampoco era la primera vez que uno de mis compañeros ponía de manifiesto el ruido general que suele haber en nuestros auditorios. Por tanto no debemos pensar que estos incidentes son casos aislados sino mas bien un problema mas profundo que llega a enraizarse en la propia educación musical.

Con esta misma idea me gustaría recuperar algunos escritos de la filosofa Jeanne Hersch en relación a la idea de la receptividad activa, que encontramos en un libro recopilatorio de algunas conferencias de la autora titulado: Tiempo y música.

Un nuevo tiempo. El tiempo de la música

“La batuta del director se levanta. La primera nota pasa como una onda sobre el agua o en el fondo del alma. El tiempo ha desaparecido. Otro tiempo, completamente nuevo, acaba de nacer.”

Cuando vamos a una sala de conciertos el tiempo se detiene, el tiempo de la naturaleza continua inexorable su recorrido, pero la acción de escuchar produce la necesidad de un nuevo tiempo que una el principio y el final de lo que vamos a escuchar. La acción de ir a ver un concierto es justamente eso, una acción, no solo los músicos, o el compositor en todo caso tienen un papel activo, el público debe tenerlo también, lo que Hersch define como receptividad activa.

Para Hersch ese momento especial que nace cuando el director levanta la batuta recibe una nueva categoría temporal: este nuevo tiempo que nace es el que la autora denomina como “pequeño espacio de eternidad”. Un nuevo espacio temporal que difiere del tiempo natural.

Podemos entender el tiempo natural, según Hersch, basado en el pasado como aquel tiempo de lo ya vivido, el antes, el futuro como aquel tiempo que vendrá, el después, y el presente como aquella fracción temporal incierta que se esfuma de forma casi bien imperceptible pero que representa a la vez el único momento de acción real; el momento en que podemos llevar a cabo acciones y ser conscientes de ellas, es decir el tiempo práctico. Esta definición, quizá simple, debe ser completada por la natural e inseparable interacción que se establece entre estos tres campos temporales expuestos: Si bien en el presente es el único momento de acción real que conocemos este tiene un significado muchas veces debido a un pasado concreto y se desarrolla, expande o tiene resultados en el inmediato futuro, relacionando el tiempo natural, aquel al que todos los seres estamos expuestos y que marca los ciclos vitales, con el tiempo práctico, en el que podemos actuar y donde la interacción humana tiene un sentido real: el “decisivo presente”.

Receptividad activa

En relación al tercer campo temporal, ese “pequeño espacio de eternidad” Hersch señala la importancia de la unidad: cuando está sentado en platea y empiezan a sonar las primeras notas se abre una esclusa temporal única que nos conecta, como una gran unidad, con el final de la obra, el futuro, y es cuando ese futuro llega que el todo de la obra se concibe como un ser total y único.

Desde una fuga de Bach a una gran Sinfonía de Mahler, la identidad de cada obra reside en su totalidad, cada elemento que el compositor emplea y que los músicos interpretan nos hablan de toda la obra en conjunto y como estos diferentes elementos nacen, se transforman y mueren.

Por ello es necesaria una receptividad activa por parte del oyente que desee formar parte de la experiencia artística que representa un concierto, este papel activo del público se debe observar en su comportamiento; un público acostumbrado a oír música, en el metro, en la televisión o incluso en una llamada en espera, en pocas ocasiones está dispuesto a escuchar, dos verbos diferentes que implican receptividades distintas. Escuchar es voluntario e implica intención por parte del sujeto. La sala de conciertos debe convertirse en un lugar activo, donde el público se va a encontrar con el arte como medio de conseguir la catarsis aristotélica huyendo de la hibris. La sala de conciertos no solo debe ser un espacio de encuentro social, que también, sino, y sobretodo, un espacio de encuentro personal; El silencio no es solo una forma de respeto ante los intérpretes y los demás asistentes, es el resultado de este encuentro con la obra de arte. Alimentar los viejos hábitos solo demuestra la desafección que se ha fraguado hacia el arte y en general la cultura, siendo un reflejo de la inclinación hacia lo inmediato y lo fácil, y la forma en que se ha educado a nuestra sociedad en el desinterés por descubrir todo aquello que el arte tiene por desvelarnos. Una verdadera educación musical y artística debería demostrar el potencial que el arte posee, la capacidad de poder transformar simples sonidos, formes o colores o letras en un mensaje. Cuando seamos capaces de ver ese potencial seremos capaces de mostrar un interés activo hacia el arte.

Debes cambiar tu vida

A este respecto Hersch invoca uno de los grandes poemas de Rilke, Torso de Apolo arcaico: “debes cambiar tu vida”. Un llamado directo a cualquiera que se acerca a una obra de arte, a no quedarse vacío después de una experiencia artística; el respeto que mostramos cuando acudimos a una sala de conciertos también indica el grado de participación activa que mostramos ante el arte.

Este llamado, por otro lado, es personal, cada oyente debe hacer su propio camino hacia esa cambio al que Rilke nos llama. Quizá nuestro sistema de valores, ni nuestra sociedad, ni nuestro sistema de educación sean los más adecuados ni proclives hacía el arte, ni siquiera nuestros mejores acompañantes en este camino pero cada uno al final es el responsable del cambio, por ello cada uno de nosotros deberíamos poder exigir un cambio real en nuestras salas de conciertos, en nuestros museos o centros culturales para que se convirtieran en reales compañeros de viaje hacia esta nueva visión que el arte tiene por ofrecernos. Pero recuerda que eres tu el que “debes cambiar tu vida”.

Jeanne Hersch. Tiempo y música. Barcelona. Acantilado. p. 21.

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