Sublime, Apollon Musagète + Mönkemeyer

By PAULA SÁNCHEZ LAHOZ     DIC. 18, 2018

El Apollon Musagète Quartet, junto con el violista alemán Nils Mönkemeyer, ofreció el pasado martes 18 de diciembre la segunda entrega de la integral de los quintetos de Mozart. Una sala bastante llena que se rindió al conjunto ante un repertorio contrastante

Terciopelo

Si hay alguna característica por la que destaca un quinteto de cuerda es, sin duda, el sonido. Un sonido de terciopelo, cálido, dulce, como el que el Apollon consiguió con Mönkemeyer. Por lo general, la viola es un instrumento poco querido, no lo negaremos. Pero hay que reconocer que, en casos como los quintetos de Mozart, el hecho de tener dos violas es un lujo. Con otra formación, este sonido tan reconfortante, todavía más lleno que el de un cuarteto, no sería posible. Los quintetos con dos violoncellos son, de igual manera, preciosos, pero con un sonido muy diferente.

Así pues, el Apollon Musagète, consiguió en ambas obras un equilibrio perfecto. El carácter, los tempos, las frases… nada podía ser de otra forma. Pero por encima de todo, el sonido.

Mozart vs Bach

El programa, lleno de genialidad, fue un tanto sorprendente. Los dos quintetos completaban el segundo recital dedicado a la integral de los quintetos de Mozart (un proyecto de tres años). Pero, ¿la primera suite de Bach? A mí humilde parecer, rompió un poco la línea del concierto.

El Quinteto de cuerda núm. 2 en Do menor, K.406/516b, primera obra de la noche, se trata de una transcripción de la Serenata K.388 para octeto de vientos, hecha por el mismo Mozart años más tarde. Los movimientos y el carácter se mantuvieron intactos, con tempos rápidos y ágiles pero sin perder detalle.

El Quinteto de cuerda núm.6 en Mi bemol Mayor, K.624, de cierta inspiración popular y lleno de contrastes, cerró el concierto con un color más optimista. Con un papel más protagonista a cargo de las violas, los dos cumplieron con su parte de forma extraordinaria. Cabe destacar especialmente la excelencia del primer violín en ambas obras, virtuosa y exigente, con una realización fantástica a cargo de Paweł Zalejski.

Y en medio de estas dos grandes obras, la Suite I para violoncello de J. S. Bach, otro monumento. Si bien la interpretación de los quintetos no fue especialmente romántica, Mönkemeyer presentó una versión de la suite muy personal, muy particular. De frases largas y claras, la libertad se antepuso a todo. Una obra que no acabó de encajar.

Un concierto increíble donde el sonido fue el principal protagonista.

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