¿A qué esperamos?

By ISRAEL DAVID MARTINEZ     JUL. 8, 2018

Durante estos últimos días, aparte de preparar la maleta que me acompañará por el centro de Europa (Festival de música Antigua de Innsbruck, Festival de Salzburgo y Festival de Lucerna), he revisado dos interesantes documentales con la intención ilusoria de recuperar mi humilde, mísero alemán. En ellos hablan del que para algunos, yo el primero, ha sido el director de orquesta más grande de los últimos tiempos. El primer film se titula  Claudio Abbado: El silencio que sigue a la música (Paul Smaczny), y el siguiente es Maestros en democracia (Isabel Iturriagagoitia y Paul Smaczny). Al cumplirse cuatro años del fallecimiento del maestro es importante valorar la impronta que dejó en la Filarmónica de Berlín así como el reto que supuso la creación de la orquesta del Festival de Lucerna.

Los músicos que tuvieron la fortuna de estar en su órbita lo recuerdan como un director que no hablaba en exceso durante los ensayos ya que, según reconocía él mismo: “ si en los conciertos no puedo hablar con los músicos en los ensayos tampoco es necesario; me comunico con ellos con la mirada, con el gesto, con la batuta, con el cuerpo… no es necesario hablar”. El italiano, desde el podio, intentaba que los numerosos intérpretes de una orquesta se escucharan entre ellos, que cada uno de ellos prestara atención sobre lo que hacían las diferentes familias instrumentales. De esta manera alcanzaba un nuevo nivel interpretativo más próximo a la música de cámara. Su pasión consistía en dar lo mejor de sí mismo a través de los mejores. Cuando le preguntaban cuál era el público ideal, él siempre contestaba lo siguiente: “ aquel que se mantiene en silencio tras escuchar una gran obra, aquel que necesita cierto tiempo para regresar del imaginario mundo musical al mundo real”. En este sentido, las experiencias que ofreció durante sus últimos años de vida en el KKL de Lucerna serán, para muchos, únicas e irrepetibles.

(Photo by Anna Otero)

No obstante, aquí, en Barcelona (y en Madrid, Londres, Viena, Amsterdam y Turín) hemos tenido la fortuna de disfrutar, en las últimas semanas, de –¿el mejor?– cuarteto de cuerda desde hace muchos años. El Cuarteto Casals ha puesto en pie una integral de Beethoven de referencia, impactante, sin mácula. Se ha de reconocer, no me cansaré de hacerlo, que en nuestra casa se ha creado un conjunto que brilla allí donde va. Los conciertos en la Sala de Cámara de l’Auditori son de obligada asistencia y sus interpretaciones, innovadoras y profundas, crean afición. Y esto es importantísimo en tiempos de porvenir incierto para la música clásica. Lo que paradójicamente llama la atención es que si alcanzamos cotas nunca vistas, me refiero a la música de cámara, esto no se vea reflejado en nuestra orquesta. ¿Cómo es posible que una cuidad como Barcelona no posea una formación sinfónica de primer nivel internacional?

(Photo by May Zircus)

La OBC hace tiempo que, de la mano de  Kazushi Ono, intenta hacer cosas. Y cosas hacen. Pero están muy lejos de convertirse en una referencia. Una de las posibles soluciones empezaría reconociendo que los experimentos realizados en los últimos años no han dado el fruto esperado. ¿Qué pasaría si se contratara a un director titular con personalidad y oficio? Sin ir más lejos la próxima temporada tendremos a Kent Nagano como invitado en uno de los conciertos. No estaría mal mimarlo un poco y ponerle encima de la mesa un proyecto serio y con garantías. Otra carta ganadora vendría de la mano de Pablo Heras-Casado. Conoce muy bien la ciudad y estoy seguro que aceptaría un reto innovador. Uno de estos dos candidatos podría transformar la OBC y aportar el carácter y sonido que todos ansiamos.

Otra de las opciones que esbocé hace unos meses en un artículo en Press-Music es olvidarnos de la OBC y crear una nueva orquesta sinfónica en el Palau de la Música Catalana. En este caso, al igual que Abbado en Lucerna, se partiría de la base de la Mahler Chamber Orchestra y se añadiría  algún solista así como algún grupo de cámara destacado, es decir el Cuarteto Casals. De esta manera se crearía una nueva voz de altísimo nivel internacional. Los músicos trabajarían, de forma intensiva, durante un mes en Barcelona y ofrecerían tres programas diferentes con solistas destacados. Las batutas del nuevo proyecto podrían ser Gustavo Dudamel, Daniel Harding o Sir Simon Rattle ahora que ha dejado la Filarmónica de Berlín.

La cuestión es hacer algo. Y hacerlo rápido. Llevamos demasiado tiempo perdido. Barcelona es una ciudad importante, un lugar clave para el turismo internacional y se está convirtiendo en una de las ciudades más caras de Europa. Los barceloneses no podemos pagar ni los alquileres más económicos. Por otro lado, lamentablemente, la cultura no está al mismo nivel.

Mientras espero nuevas propuestas por parte de las entidades culturales de mi ciudad, tanto públicas como privadas, seguiré recordando a mi querido Abbado y haciendo las maletas como cada verano.

 

Editorial

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