La alegría de Gatti

(Photo by A. Bofill)

By ISRAEL DAVID MARTINEZ     ABR. 26, 2018

De todos los músicos y cantantes sobre el escenario del Palau de la Música Catalana para interpretar la Novena Sinfonía de Beethoven destacó, de forma singular, uno. Christophe Morin, primer cello de la Mahler Chamber Orchestra, mostró un accesorio sorprendente. Este gran violonchelista hace años tuvo que, inesperadamente, ralentizar una meteórica carrera debido a un problema físico en su mano izquierda que le impidió tocar en vivo durante muchos años. En estos momentos parece recuperado, no obstante, cuando puede, relaja el brazo tocando cuerdas al aire. Lo más asombroso es el aparatoso guante protector que luce. Es negro como la boca del lobo y confeccionado con materiales distintos tanto para la mano como para los dedos. La primera vez que se visualiza esa extraordinaria novedad puede causar un sobresalto: ¡parece la garra de un gran oso!
El maestro Daniele Gatti no dirigió con guantes pero podría haberlo hecho. Sus chicos sabían qué y cómo hacer lo correcto para que la “sinfonía de la historia” sonara en todo su esplendor.
Con un retraso de 12 minutos dió comienzo el concierto con caras de pocos amigos debido a la iluminación de la sala. Esa circunstancia tuvo su consecuencia en el sonido; es preciso que cuando los intérpretes realizan un último ensayo dispongan de la iluminación que tendrán durante el concierto. Según sus caras eso no había ocurrido. Quizás sí. Pero las muecas de los oboes y fagotes fueron evidentes. Pero aquí no terminaron las malas sensaciones. Tras finalizar el primer movimiento Gatti se giró para dirigirse a un espectador de la primera fila. Con voz potente le dijo que era una falta de respeto, hacia él y hacia sus músicos, sentarse justamente en esa fila para jugar con un dichoso móvil. El público aplaudió la bronca.
El segundo movimiento sonó, tras la reprimenda, tenso y eléctrico. Pero después de la tormenta llegó la calma. El tercer movimiento fue sublime. Los diferentes temas fueron entrelazados con mano sabia y experimentada. Ya en el cuarto, y último movimiento, los diferentes planos sonoros se hicieron más evidentes y el abanico de matices fue rotundo, colosal. Entre los solistas destacar la seguridad de Luca Pisaroni y la musicalidad de Torsten Kerl.
L’Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana a gran nivel; inmensos.
Como única queja la falta de bajos en la orquesta. Es absolutamente impresentable interpretar esta sinfonía con cuatro contrabajos cuando en el escenario hay más de 120 músicos.
Si Gustavo Dudamel, gracias al Palau de la Música Catalana, aparecerá hasta en tres ocasiones durante la próxima temporada, alguién debería lanzar el guante –¿el lazo?– a Daniele Gatti para que se quede un largo periodo en la Ciudad Condal combinando la Sala de Conciertos del Palau con el Teatro de Ópera del Liceu.

 palaumusica.cat

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