Luz entre la oscuridad

(Photo by Antoni Bofill)

By JOSUÉ BLANCO     MAR. 6, 2018

Sir John Eliot Gardiner vuelve al Palau de la Música Catalana un año después de su visita en ocasión del 450 aniversario de Claudio Monteverdi en el que interpretó Il ritorno d’Ulisse in patria de dicho compositor. En esta ocasión traía un concierto puramente romántico acompañado de la London Symphony Orchestra, como parte de la gira de esta. Y en menos de un mes volverá a visitar con el Monteverdi Choir interpretando el Semele de Händel. Una temporada interesante, la del Palau.

El pasado martes Gardiner presentó un programa completo con dos compositores contemporáneos como son Robert Schumann y Héctor Berlioz, dos compositores que aún siendo claramente diferentes, des de un punt de vista musical, supieron estar de acuerdo en la necesidad de crear nuevas formas para representar ideas nuevas; de hecho Schumann fue un gran defensor de la Sinfonía Fantástica de Berlioz, obra cumbre del compositor francés. En esta ocasión Gardiner nos acercaba  al ciclo de canciones Les nuit d’été del compositor francés, una obra claramente descriptiva y con muchas innovaciones tanto técnicas como orquestales. De Robert Schumann pudimos escuchar tres obras más: Obertura, Scherzo y Finale, op. 52, pieza que dio comienzo al concierto; tras la pausa la obertura de su única ópera: Genoveva y en último lugar su Sinfonía en re menor, la cuarta de sus sinfonías, que redondeó la velada.

Obertura, Scherzo y Finale, considerada durante un tiempo por el propio Schumann como su segunda sinfonía: de hecho esta obra contiene tres de los movimientos típicos de una sinfonía pero sin el movimiento lento. Esta pieza fue compuesta en 1841, el mismo año de su Sinfonía nº1 “Primavera” y corresponde a una época en la que Schumann comenzó a interesarse por la creación sinfónica y que daría como resultado estas dos obras. El título de esta pequeña obra sinfónica ya nos indica el carácter de las diferentes secciones, que se pueden interpretar de forma autónoma o seguidas en forma de sinfonía; aunque los movimientos son autónomos se puede apreciar una clara relación temática en el desarrollo de los diferentes movimientos, que aporta sentido y cohesión a la obra.

Les nuit d’été, la segunda obra del programa, representaba el punto de contraste a lo que podría ser un monográfico de Schumann; aún así cabe señalar que este ciclo de canciones de Berlioz apareció en una primera edición para piano y voz, el mismo año que Obertura, Scherzo y Finale, op. 52, el 1841. En esta obra, Berlioz pone música a 6 poemas de un buen amigo: Thépohile Gautier, extraídos del compendio de poemas La comédie de la mort. Justamente es la temática de los diferentes poemas lo que da unión a la obra: la primera y la última de las canciones, Villanella y La isla desconocida, muestran un carácter lírico sobre una temática amorosa y fantástica. Por otro lado las dos canciones centrales, Sobre las lagunas y Absencia se centran en la muerte, con un claro carácter misterioso y oscuro, mientras que El espectro de la rosa y En el cementerio retoman la idea de la muerte desde una visión delicada, casi mística, de un mundo irreal y fantasmagórico.

La encargada de poner voz a todo este universo de sensaciones y emociones fue la mezzosoprano sueca Ann Hallenberg que dotó de carácter y firmeza a una partitura nada sencilla que, con facilidad, se abría tanto en registro como el carácter.

Tras la pausa, todos aquellos que habían salido a estirar las piernas se encontraron con una sorpresa sobre el escenario, pues los técnicos del Palau retiraron todas las sillas de los músicos, menos la sección de violoncelos y contrabajos; ante esta novedad, un miembro de la orquesta, el colombiano Julián Gil, explicó al auditorio la voluntad del maestro Gardiner de interpretar la segunda parte del concierto de pie, según la costumbre que algunos directores y compositores del siglo XIX, como Mendelssohn, implantaron en muchas de las orquestas del momento. Para los que conozcan a Gardiner sabrán que siempre ha mostrado un interés en el historicismo, tanto en la recuperación y interpretación de obras del repertorio renacentista o barroco como en la adaptación de las formas interpretativas según rigores históricos, como en este caso. Una clara intención de acercar la música que quizás muchos ya conocen de una manera novedosa a la vez que rigurosa con la época de las obras.

Las piezas seleccionadas para esta segunda parte fueron la obertura de Genoveva, la única ópera del autor, y su Sinfonía n° 4, en su versión original de 1841. Dos obras imponentes, con claros contrastes y interesantes innovaciones para aquel tiempo. Todo y que la ópera Genoveva es del año 1850, se sabe que Schumann ya llevaba unos años reflexionando sobre la posibilidad de componer una obra de formato operístico basada en alguna leyenda tradicional alemana, algo que, por otra parte, fue un pensamiento común en ciertos compositores y artistas que se acercaban a los movimientos nacionalistas de la época; a modo de ejemplo señalar el estreno de Lohengrin de Wagner el mismo 1850. En este sentido Schumann recoge la leyenda de Genoveva de Bravante como base literaria de su ópera.

Aunque la ópera no tuvo la acogida esperada, con solo tres representaciones, la obertura ha ido tomando, con el paso de los años, una autonomía significativa, como suele pasar con tantas otras oberturas. En el caso de Genoveva, Schumann compuso su obertura en primer lugar, plasmando motivos y elementos que aprovecharía más tarde en los cuatro actos en los que se divide la ópera, con claros motivos líricos, intrépidos contrastes ágiles y rítmicos y un final apoteósico con el que abrir el telón de forma grandiosa. La interpretación de la London Symphony sin duda fue brillante y ágil, marcando matices, casi imperceptibles, de una forma clara.

De la misma manera nos presentaron la Sinfonía n°4 del mismo compositor, la que sería la última de sus sinfonías acabadas y la primera en tono menor. La obra corresponde también al 1841, el conocido como “año sinfónico” de Schumann, en el que compuso o bien esbozó su primera y su cuarta sinfonía; el hecho que se conozca como cuarta se debe a que el propio Schumann realizó una revisión de la obra el 1851, sin embargo para esta ocasión Gardiner eligió la versión original de 1841. Lo más significativo de esta sinfonía es su estructura, pues los 4 movimientos que componen la obra se enlazan uno a otro a modo de un gran poema sinfónico, convirtiendo la sinfonía en un gran viaje tonal y motívico des de un misterioso re menor hasta un enérgico re mayor al final de la obra: una construcción perfectamente elaborada y de “perfecta naturalidad” como reconocería Brahms, 30 años más tarde de la muerte de Schumann. La interpretación de la London Symphony nuevamente fue un éxito esperado, donde los pequeños detalles ensalzaron a una de las más grandes orquestas del momento: debemos indicar por ejemplo el atrevido rubato con el que reemprendían las diferentes apariciones del tema principal del tercer movimiento: la perfecta coordinación que mostraba la cuerda fue simplemente algo admirable. De la misma manera, aunque no de forma tan efectiva, pasó con el conocido solo de violonchelo y oboe del segundo movimiento. En definitiva una interpretación exquisita y milimetrada que logró ensalzar una de las grandes obras de Schumann.

Como sorpresa final, Gardiner y la London Symphony ofrecieron un fragmento del Scherzo de la segunda sinfonía del mismo Schumann a modo de bis. Una forma perfecta para cerrar un concierto tan bien construido y preparado.

Cronica

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